En la década de 1960, los aires de cambio dominaron la escena. Reformas estructurales y revolución fueron los eslóganes de gran parte de las fuerzas políticas. La protesta social se radicalizó, acompañada por la rebeldía generacional. Los jóvenes irrumpieron como un relevante actor social, crítico al orden vigente. Su actuación tuvo especial importancia en el mundo universitario.

En Chile, las movilizaciones masivas de los estudiantes de educación superior comenzaron en 1967, casi un año antes del famoso mayo del 68 francés, con las tomas de las universidades católicas de Valparaíso y de Santiago, siendo esta última la que tuvo una carga simbólica mayor. El plantel tradicionalmente visto como cuna de los sectores privilegiados de la clase alta católica, pasó a ser la punta de lanza de un proceso nacional de reforma, marcado por los afanes de modernizar y democratizar la educación superior.

De paso, sus protagonistas -los jóvenes rebeldes de la DC y sus adversarios gremialistas- sembraron el germen para dos movimientos políticos cuya influencia terminó siendo determinante en las décadas siguientes: el MAPU (importante durante la Unidad Popular y cuyas figuras, reagrupadas en el socialismo renovado, serían decisivas en los gobiernos concertacionistas a partir de 1990) y la UDI, actualmente el partido más influyente de Chile.

Los orígenes

Desde que Claudio Orrego triunfó en las elecciones de la FEUC en 1959, se abrió un ciclo de una década en que la Democracia Cristiana Universitaria (DCU) ganó ininterrumpidamente todas las elecciones en esa federación, volviéndose cada vez más crítica de las características tradicionales del plantel. Los cuestionamientos apuntaron hacia el modo en que estaban organizadas las jerarquías de poder: en la visión de los jóvenes, había una autoridad casi absoluta de la rectoría, anulando las iniciativas de los académicos y del resto de los estamentos.

Los dardos también atacaban otros aspectos. En su opinión, la universidad se había transformado en una suerte de “fábrica” de profesionales, dejando a un lado la investigación y la reflexión. Para los jóvenes demócratacristianos, esto se debía a que la labor docente era realizada por profesionales que dedicaban sólo parte de su tiempo a la enseñanza, en ausencia de académicos de tiempo completo. Igualmente, reclamaban por la inflexibilidad de los planes de estudio.

Como remedio, los jóvenes plantearon la necesidad de implementar un plan de desarrollo de la universidad. Pero no sólo eso. También sostenían que era imprescindible una “democratización integral” de la UC. En primer lugar, que los distintos estamentos -académicos, funcionarios y estudiantes- participaran de la toma de decisiones. Segundo, poner fin a las restricciones de ingreso que existían entonces, como las “cartas de recomendación”. Finalmente, comprometerse con los cambios sociales y las luchas de los movimientos populares.

Desde 1966, la agitación universitaria inició un proceso creciente: huelgas y manifestaciones se hicieron frecuentes. En este contexto, surgió el Movimiento Gremial. Acaudillado por el joven estudiante de Derecho, Jaime Guzmán, movilizó a los estudiantes más conservadores, descontentos con la radicalización, y desarrolló una doctrina que llamaba a “despolitizar” la universidad y otros cuerpos intermedios, alejándolos de las influencias de los partidos y del Estado.

Los gremialistas no lograron crecer inmediatamente. De hecho, a fines de 1966 nuevamente la FEUC quedó compuesta por demócratacristianos. Bajo el eslógan, “Nuevos hombres para una nueva Universidad”, la directiva encabezada por el estudiante de Medicina, Miguel Ángel Solar, se comprometió a implementar definitivamente la reforma.

Tanteando terreno

ALFREDO SILVA SANTIAGO
Monseñor Alfredo Silva Santiago, rector de la UC en 1967

La voluntad de los reformistas chocaba con la figura del rector, monseñor Alfredo Silva Santiago. Sacerdote conocido por su afabilidad y con fama de buena persona, era sin embargo, conservador y “chapado a la antigua”, por lo que recelaba de los afanes de la directiva de la FEUC. Prontamente, los dirigentes estudiantiles lo consideraron un obstáculo para sus objetivos y propusieron su cambio. Esta voluntad fue refrendada por un plebiscito estudiantil realizado el 27 y 28 de junio de 1967, en que una abrumadora mayoría de 79,3% votó por “cambiar la máxima autoridad universitaria”. Un verdadero “atrevimiento”, frente al cual el Consejo Superior emitió una declaración unánime en apoyo de Silva Santiago.

Pero el movimiento de rebelión siguió. A principios de julio de 1967, los dirigentes de la FEUC tuvieron una reunión secreta en la casona de los jesuitas, en Calera de Tango. En ella decidieron realizar una toma si el rectorado no accedía a sus demandas al día 9 de agosto. La toma sería llamada con el nombre clave de “Operación OP”, y su jefe logístico sería Carlos Montes, luego figura del MAPU y actual senador PS.

Durante julio y comienzos de agosto, los estudiantes reformistas tantearon la actitud de algunos actores políticos relevantes. El 8 de agosto, Miguel Ángel Solar se reunió con el Ministro del Interior, Bernardo Leighton, el “hermano Bernardo”, conocido por su bonhomía. Este intentó disuadir a los jóvenes e instarlos a seguir dialogando. “¡Yo me tomé la universidad ante un dictador!”, les dijo, rememorando su pasado como dirigente estudiantil y luchador en contra de la dictadura de Ibáñez, advirtiendo que en democracia no era necesaria una medida tan extrema. Sin embargo, fiel a su espíritu conciliador, dijo a los estudiantes que no reprimiría la toma. Eso sí, les dejó en claro que no consentiría disturbios en la vía pública, fijándoles un límite: “¡La calle nadie me la toma, es mía!”. Pero además intentó generar una última instancia de acercamiento al día siguiente, organizando una conversación con el cardenal Raúl Silva Henríquez. Los jóvenes no cedieron.

Las horas previas

El 10 de agosto, grupos de estudiantes comenzaron a circular portando paquetes y dejándolos en las oficinas de la FEUC. Entre estos alumnos se encontraba el estudiante de Derecho, Juan Gabriel Valdés (canciller bajo el gobierno de Ricardo Lagos), quien debía conseguir las cadenas para cerrar los accesos a la Casa Central.

Ese día, Carlos Domínguez Casanueva, prosecretario de la universidad, se encontró con los muchachos de la FEUC. Sonriente, les preguntó:

“¿Adónde van, chiquillos? ¿No será que se van a tomar la universidad?”.

“¡Cómo se le ocurre, don Carlos! Para nada”– le respondió Miguel Ángel Solar.

Ese mismo día se convocó un consejo de presidentes de centros de alumnos en la Casa Central. La discusión congregó entre 600 y mil espectadores. Llegaron dirigentes de otras universidades, e incluso algunos líderes de la JDC que más tarde formarían el MAPU, como Rodrigo Ambrosio y Enrique Correa. Esto último desató la molestia de los gremialistas, quienes denunciaron que el movimiento estaba siendo controlado por grupos políticos externos.

Museo Histórico Nacional
Casa Central de la UC

En el Consejo, la mesa ejecutiva de la FEUC defendió la necesidad de promover medidas de presión para reemplazar al rector. Sus miembros señalaron que estaban cansados de los “tiras y aflojas” de las autoridades. Solar llegó a denunciar que las negociaciones de rectoría eran una “farsa”. Mientras, Jaime Guzmán llamaba a continuar con el camino institucional.

Finalmente, se propuso que la asamblea votase para dar “libertad de acción a las medidas de la FEUC para tomar medidas a favor del reemplazo del rector”. Jaime Guzmán, considerando que esto era una “locura”, se retiró de la sesión. La votación se hizo a viva voz. El “Sí” se impuso arrolladoramente, con 63 votos, contra apenas 9 negativas y una abstención. Así, cerca de la medianoche, se empezaba a organizar la ocupación.

“Consejo General decretó huelga. ¡Partir!”

Un llamado telefónico de la FEUC dio orden a los estudiantes que estaban apostados en Marcoleta para que comenzaran la toma: “Consejo General decretó huelga ¡Partir!” Todas las sedes fueron ocupadas, con excepción de la Facultad de Economía, en calle Charles Hamilton, donde se sabía existía fuerte oposición.

Esa mañana, quienes pasaban frente a la Casa Central vieron un letrero enorme en su frontis:

“Nuevos hombres para la nueva Universidad. Sólo la autoridad y el claustro pleno podrán abrir esta universidad”.

Las puertas se encontraban cerradas con cadenas y candados. En la parte trasera, en Marcoleta, algunas entradas eran protegidas por improvisadas barricadas de alambres de púa y muebles desordenados. Sólo el hospital fue dejado al margen de la intervención.

A medida que llegaban a la universidad, los estudiantes contrarios al movimiento intentaron ingresar. Jaime Guzmán, presidente de Derecho, y Gerardo Arteaga, de Agronomía, dialogaron con los jóvenes apostados como guardias. Al ver que no cedían, comenzaron a adoptar medidas de fuerza para obligarlos a abrir las puertas. Los intentos fueron repelidos con baldes de agua fría y objetos lanzados desde los pisos superiores. Tras ese conato, los opositores trataron de hacer una “retoma”, ingresando por los estacionamientos de Marcoleta, donde se desarrolló una batalla campal. Piedras, botellas e incluso gatos muertos volaban en los dos sentidos, acompañados de epítetos de grueso calibre.

REFORMA UNIVERSITARIA
Líderes del proceso de reforma universitaria: Miguel Ángel Solar (izq) y Jaime Guzmán (der)

En otras sedes, la toma también generó violentos forcejeos. Un caso llamativo fue el de la Escuela Normal, en Mardoqueo Fernández, donde se formaban los profesores. Allí, los reformistas se toparon con la insólita oposición de un grupo de estudiantes compuesto por religiosos maristas, en su mayoría de origen español, los que, sotana arremangada, los enfrentaron con puñetes y palos para poder entrar.

Ese mismo día, el ministro Leighton ordenó que la Casa Central fuese rodeada por Carabineros. De ese modo se evitarían nuevos incidentes en las calles y veredas aledañas. Así, ese convulsionado 11 de agosto de 1967 finalizaba con el triunfo de los reformistas, quienes controlaban casi la totalidad de las sedes.

A pesar de ello, su situación no era fácil. Los gremialistas, junto con otros descontentos, formaron un Comité de Defensa de la Universidad. Pese a la protección brindada por Leighton, se temía que éstos organizaran una “retoma”. Para evitar esa eventualidad, y al mismo tiempo para controlar cualquier desorden interno que desprestigiara al movimiento, se organizó un cuerpo de “policía universitaria”, con la colaboración de los estudiantes de Química, quienes fabricaron un completo arsenal de bombas fétidas e irritantes.

En el país, entre los críticos al movimiento estuvo el diario El Mercurio, que en sus editoriales denunció el socavamiento de las tradiciones universitarias, además de acusar una infiltración comunista. La respuesta fue un gigantesco cartel desplegado la madrugada del 17 de agosto: “Chileno, El Mercurio Miente”.

El fin de la toma

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Cardenal Raúl Silva Henríquez

En un afán moderador, diversas personalidades de la DC, como el canciller Gabriel Valdés e Ignacio Palma, intentaron mediar. Dichos intentos fracasaron, pues el rector Silva Santiago se resistía a negociar. Sin embargo, los estudiantes contaban con un as bajo la manga: sabían que monseñor Raúl Silva Henríquez, máxima figura de la Iglesia Católica chilena, compartía mucho de sus postulados y tenía la autoridad para negociar. Esta fue confirmada por el Vaticano mediante un cablegrama fechado el 19 de agosto, en el que lo nombraba mediador, dándole plenos poderes. Silva Santiago se sintió pasado a llevar por Roma. Acongojado le mostró la notificación a Juan de Dios Vial, quien le dijo: “esto no es un mediador, señor rector, esto es un interventor”.

Mientras tanto, los académicos se habían organizado. Entre el 12 y 19 de agosto efectuaron asamblea, la cual presentaría una quina al Consejo Académico para escoger un nuevo prorrector, con el objeto de que abriera las puertas a una solución negociada. El 20 de agosto, la asamblea, reunida en la Iglesia de la Anunciación, eligió la quina. Ella fue liderada por un profesor de Arquitectura que congregaba una enorme mayoría: Fernando Castillo Velasco.

FCV
Fernando Castillo Velasco, rector de la UC (1967-1973)

Silva Henríquez recibió la quina y escogió a las dos primeras mayorías. Luego, convocó a una reunión de los dirigentes de la FEUC, en la que éstos se entrevistaron con los candidatos. Tras deliberar, le dijeron al cardenal que preferían a Castillo.

El elegido se apersonó en la Casa Central. Fue llevado en andas por los estudiantes hasta el casino universitario, desde donde improvisó un discurso. Les dijo que traía un acta, en la cual se lo nombraba Prorrector, y que la FEUC se había comprometido a deponer la toma. El acta también decía que el nuevo rector sería elegido por un claustro pleno, en que los alumnos tendrían una representación equivalente al 25% de los votos.

El día 22 de agosto, se depuso la toma de la Universidad Católica. Poco después, el cardenal Raúl Silva Henríquez consiguió que monseñor Silva Santiago dejara su cargo y Fernando Castillo Velasco asumió como rector interino. A fines de ese año, Castillo Velasco fue electo en propiedad por el claustro pleno, según lo estipulado en el acuerdo.

El movimiento de reforma universitaria daba así su paso más decisivo…

Fuente: Testigos de la Historia, CIDOC-Universidad Finis Terrae, Diario La Segunda, 2010


Historia CTM-2018

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